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La otra contaminación de nuestras ciudades


La contaminación ambiental, no sólo está en el aire. El ruido y la publicidad en niveles no recomendables, afectan nuestra salud.


Caminando por la calle hace unos días, me tocó escuchar a la hija de 7 años de un amigo decirle: Papá ¿te das cuenta que vivimos en un mundo de letreros y ruidos? Ambos abrimos los ojos y nos miramos sorprendidos. Dos cosas me llamaron la atención. La primera, por supuesto, que una niña tan pequeña lo notara, la segunda, que nosotros ya casi no lo notáramos.


Vale la pena recordar, que la contaminación ambiental, no sólo es la del aire. Hay otros dos factores de gran relevancia que enferman nuestras ciudades: lo visual y lo acústico.



Se conoce como contaminación visual a todo aquello que afecte o perturbe la visualización de algún sitio o que rompa con la estética de una zona o paisaje. Según los estándares de la Organización Mundial de la Salud (OMS), una larga cadena de letreros espectaculares o de grafitis o de pendones con propaganda política como a los que estamos acostumbrados en Morelia o en cualquier ciudad de México, es un elemento contaminante. La razón de ello es que todos estos elementos, no arquitectónicos, producen una sobre estimulación visual, que suele resultar agresiva y que no tiene la menor intención de generar un equilibrio armónico con el entorno. Pongámoslo así: si hemos decidido que una pared de nuestra casa o de nuestra habitación sea sólo de color hueso, con una foto enmarcada al centro, pues así nos resulta agradable a la vista, cualquier elemento que otra persona agregue sin considerar la armonía que nosotros buscamos desequilibrará la sensación que habíamos logrado. Si de repente nuestra pared se llena de grafitis y anuncios, el resultado, obviamente, es lamentable.


Por otro lado, la contaminación acústica es todo aquel sonido o acumulación de sonidos que exceden el nivel de decibeles recomendables para nuestra salud. Según la Organización Mundial de la Salud, la exposición al ruido durante el día no debe exceder los 60 decibeles (el sonido de una conversación normal o de un aire acondicionado) y las 8 horas.    


Lo que importa aquí es que de la misma manera que sucede con la contaminación del aire, tanto la contaminación auditiva como la visual, al presentarse de manera constante y/o prolongada pueden llegar a afectar la salud de las personas. En ambos casos hablamos quizá, de un daño silencioso que poco a poco, por esa rutina a la que nos acostumbramos, va produciendo trastornos o cambios en nuestro estado de ánimo y en nuestro organismo. La contaminación visual y la auditiva a la que estamos expuestos en las grandes ciudades contribuyen a incrementar nuestro estrés, afectan nuestra concentración y capacidad de aprendizaje y, al final, deterioran nuestra vida.


Para los científicos, lo que produce la contaminación visual es que el cerebro humano tiene una determinada capacidad de absorción de datos, que cuando se ve rebasada por la cantidad de elementos en el paisaje, provoca dos factores de riesgo para nuestra salud: 1. Ansiedad y, por lo tanto, una alteración anormal del sistema nervioso que puede contribuir a otras alteraciones del organismo; y 2. Distracción, con sus consabidas consecuencias en un ambiente urbano, no importando que seamos conductores de un vehículo, pasajeros o peatones.


La contaminación auditiva, por su parte, es responsable, según las investigaciones más serias, de alteraciones psicofisiológicas como la cefalea crónica, trastornos del sueño, trastornos de la presión arterial, la posibilidad de sufrir infartos, pérdida progresiva de la audición, estrés, irritabilidad y disminución de nuestras habilidades de aprendizaje y concentración.


Tómalo en cuenta, pues  todos contribuimos al ambiente en que vivimos. Por ejemplo, la próxima vez que estés pensando tocar el claxon de tu coche, considera que a las personas que tengan la mala suerte de estar a un metro de distancia, el impacto de contaminación que les produces es de 120 decibeles, equivalentes a estar a 60 metros del despegue de un jet.


Vivir en nuestras modernas ciudades es de por sí complejo, como para que carguemos sobre ellas, cosas que bien podemos evitar.





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