Conductores omnicomprensibles, conducen la nave que omnipresente va. Todo lo ven, todo lo oyen; todo lo saben, todo lo llevan. Simples, surcan esta complicada geografía como si aquí hubieran nacido y como si aquí se fueran a morir. Se saben todos los nombres y todos los números; como Sabina, la María Chamán. Oráculos urbanos, conocen todos los orígenes y todos los destinos. Son los taxistas de la Zona Urbana.
Incansables, saben oír de todo, mirar de todo, hablar de todo: de política, de religión y de fútbol, el catálogo infinito de la conversa mexica transecular. Son el registro público de la propiedad comunitaria.
Van y vienen, y te llevan. Te suben y te bajan, como aquella muchacha caprichosa de labios totales que un día extravío su zapatilla en el fondo de tu brújula desorientada y luego quiso que te regresaras por ella como si fueras un naufrago desposeído del refugio de cualquier Poseidón que en las redes de aquél amor se hubiere enredado.
Saben dónde vas y te llevan. Saben dónde te encontraron, pero pronto lo olvidan. Por eso son, además, confiables. Sus coordenadas se llaman "llamadas". Si los buscas, los encuentras. Son como aquél amigo entrañable que antes del fútbol un día me socorrió con cables para pasar corriente, como si aquél gesto gentil gestionara la corriente que se pasa sin cruzarse, sin electrocutarse o ahogarse en el intento; como si amor maldito e indecible fuese.
Con sus vehículos como versículos surcan esta ciudad de poemas sin poesía pero con hoyos directos y vías alternas. Son impresionantes, pero nunca imprecisos. Por eso y para ello traen sus radiotransmisores. CB o "cibis" les decían cuando yo era niño, antes del diluvio que ayer mojó Morelia, como a tí aquél día en que te conocí de a de veras.
Con sus radios se comunican con la otra dimensión. Yo los he escuchado. Detrás y en frente del aparato hay una mujer. Yo la he escuchado, como alguna vez a tí. Habla en claves y orienta a los hombres por el camino de los senderos que se bifurcan, como Jorge Luís. Les dice a dónde ir, en qué momento llegar y qué hacer. Es mexicana, muy probablemente michoacana. Todas son iguales. Benditas sean.
Así son ellos, los taxistas, hombres omnipresentes en vehículos omnicomprensivos. Aunque ahora también hay taxistas mujeres. Ellas serán, algún día, las mejores. Como aquellas lo han sido siempre. Alabadas sean, como ellos antes de la historia: esta historia sin sentido, pero con dirección; que para ello hay, enhorabuena, taxistas que nos socorran y nos amparen, como tú algún día. ¿O no?
Carlos González Martínez
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