Los baches son como los granos de la varicela: erupciones indeseables e incómodas, y síntomas de un padecimiento mayor. Los hay pequeños o grandes; solitarios o miembros de una aglomeración que logra que algunas de nuestras calles más parezcan una reproducción de la Sierra Madre Occidental o de la Barranca del Cobre (en algunos casos hasta del Cañón del Sumidero); también los hay secos y polvosos o anegados en forma tal que aparentan ser simples encharcamientos cuando en realidad lo son trampas acuáticas; de igual forma algunos son breves depresiones asfálticas apenas perceptibles, mientras que otros se convierten en verdaderas zanjas capaces de arruinar neumáticos, rines y todo aquel entramado mecánico que los sostiene… y a nosotros con y en el vehículo que a su paso sufre tremendo daño a nuestros mermados bienes patrimoniales.
Pero sea cual sea su forma, todos los baches tienen una misma doble naturaleza: son a la vez prueba irrefutable de una mal ejecutada obra pública y, por tanto, de una mala administración gubernamental, y al mismo tiempo representan una afrenta y en ocasiones una verdadera agresión en contra de ciudadanos que circulan por calles que se supone debiesen estar en buen estado, pues para ello cobrados y pagados son muy diversos impuestos que a todos nos recaudan con tal fin y propósito.
A estas alturas del siglo XXI, con todo el desarrollo tecnológico disponible y con los avances notablemente registrados en las industrias que proveen de insumos a las obras de infraestructura pública, es simple y llanamente inadmisible que existan baches en las carpetas asfálticas de nuestras ciudades; sobre todo en la cantidad, frecuencia y gravedad con que se nos presentan. Más aún si dichos baches aparecen como plagas anuales justo después de las lluvias y justo después de las obras asfálticas que a veces con gran despliegue propagandístico se nos publicitan.
Sin hacer referencia a algún gobierno en específico, ésta es una andante convicción que se aplica para todos los gobiernos en general: los baches son como granos de una varicela con que nos enferman los malos gobiernos; de las malas administraciones de los asuntos y las infraestructuras públicas.
Pero también y como se tiene ya dicho, los baches son una afrenta a la ciudadanía pues se supone que las calles son para transitar por ellas, no un reto para no morir en el intento. Por ello en los países civilizados los baches son excepciones a la regla y no reglas sin excepción, y cuando éstos aparecen sin ser de inmediato reparados ocasionando que algún incauto caiga en ellos dañando su vehículo o su desprevenida anatomía, pronto el o los gobiernos responsables se hacen cargo de los gastos que en al menos algo ayudan a resarcir el daño físico y mecánico.
Por eso si los baches son como los granos de la varicela tampoco se recomienda simplemente resignarse ante ellos, como no se debe proceder a rascarse ante la erupción del salpullido; pues las marcas en la piel, como en la conciencia, pueden ser irreparables.
Vacunémonos contra los baches: exijamos buenos gobiernos que administren bien nuestros bienes y no pésimamente nuestros males. Busquemos que estas depresiones asfálticas no sigan expresando una angustia ciudadana. Ataquemos el padecimiento para terminar con sus síntomas. Las aspirinas, para esto, no sirven; se disuelven más rápido que el chapopote… o eso todavía creemos.
Carlos González Martínez
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